La EDITORIAL de ABSENTA POETAS Nº10



No se ha movido del mismo sitio desde hace más de cincuenta años, entre la Séptima y la Octava avenida. De hecho es lo único que no ha cambiado en todo ese tiempo. Fue testigo de excepción de cada acontecimiento y cambio relevante, podría llenar estanterías enteras con volúmenes si pudiese hablar y contar todo lo que ha visto “ I remember you well in the Chelsea Hotel”. Primero fueron los trajes oscuros y las corbatas estrechas, los sombreros de ala corta. Seguido las chaquetas de pana, los jeans descoloridos. Más tarde hombreras y cardados. Los vio a todos arrastrarse, crecer, subir hasta la azotea y más allá para acabar chocando contra el suelo quedando aplastados e inermes como un chicle usado. Gafas de pasta de beatniks, pelos revueltos de folkies, los vestidos de colores y las cintas en el pelo de los hippies, y como no, también los zapatos negros y toscos de los hombres del gobierno siempre detrás de todos ellos. Hubo hasta quien le dedicó canciones y versos; “we are ugly, but we have the music...” Hecha de menos los buenos tiempos en los que el ritmo era veloz y todo era nuevo y estaba bien fuese lo que fuese. Famosos de portada desfilaban por el hall a diario fijándose en ella, unos la miraban con desprecio, otros con miedo o simplemente la evitaban de cualquier forma, huían de su presencia poderosa. La efervescencia de aquellos días que se esfumaron como humo de incienso, igual que la suerte en una partida de cartas. Cambiaron el decorado para intentar atraer nuevas y viejas glorias, en vez de eso lo único que consiguieron fue llenarlo todo de curiosos que coleccionaban trofeos en forma de foto, entraban por una puerta y salían por la otra. Se fueron todos, escritores de medio pelo, estudiantes progres con sed de tesis y rockeros trasnochados, aunque de vez en cuando la nostalgia les hace volver como turistas casuales. Ella siempre les recibe igual; erguida, sonriente. La estatua del diablo del Chelsea Hotel les sobrevivió a todos, porque el demonio siempre gana la última mano.


El Padrino






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