EDITORIAL ABSENTA Nº11


Tom Joad ya no tiene la mirada nítida de Henry Fonda, perdió
el brillo con el paso de los años. Ahora sus ojos son dos cristales
gastados llenos de rayones y desconchados. La cara surcada por
las arrugas y una piel demasiado ajada por el sol le hacen parecer
una de esas figuras de madera tallada, parecidas al original pero
imperfectas. Solamente las venas abultadas que corren por sus
brazos delgados como palos parecen dotarle de vida. Fiel a su
estilo, sigue vistiéndose con ropas serias de corte y tejido austero,
coronando su atuendo a modo de guinda un viejo sombrero negro
con las alas dadas de si. En el bolsillo de la chaqueta una botella
de media pinta de escocés vacía a la que de vez en cuando quita el
tapón y acerca la nariz para no olvidarse de cómo huele el aliento
del maligno.
Al contrario que otros que quisieron ser abanderados de
causas en boga y que acabaron absorbidos por los cánones y las
buenas costumbres, él, continúa rondando por arcenes y caminos
rurales como el espectro impenitente de un vagabundo. Recuerda
todo perfectamente; la huida en busca de lugares cálidos, como
vendió las reliquias de Padre para comprar un trozo de apenas
cinco kilos del sueño, a Casy, su amigo el predicador cayendo
inerte para estrellarse contra el suelo después de recibir un golpe
mortal. Se acuerda de todos; las palabras de Robert Johnson:
cuando muera enterradme en una cuneta para que mi espíritu
pueda subirse a un autobús y seguir viajando.
La sentencia de Steinbeck: en las almas de la gente las
uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la
vendimia. Pensar en ellos le da fuerza para seguir buscando
convencido de que se acerca el momento, pronto estará listo, lleva
setenta años esperando viendo repertirse los mismos errores. Está
vez sí está preparado, cambió el Colt de acción simple por una
escopeta paralela de dos cañones. La llenó con cartuchos del doble
cero reforzado para asegurarse de no fallar, no hay estrado de
juzgado ni madera de escaño que se le resista al calibre 12.
Así de esa forma sigue cabalgando solo sobre sus dos
piernas, silbando las canciones de siempre, porque siguen sonando
igual de bien y reconoce que ya no se hace nada parecido, every
day i have the blues, you are my sunshine o la siempre recurrente
the sky is criying, mientras se pregunta hasta cuando?...

“El cielo está llorando,
mira como bajan las lágrimas por la calle,
el cielo está llorando,
mira como bajan las lágrimas por la calle,
estoy aquí esperando a mi chica
y me pregunto dónde puede estar”

El Padrino

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