DE CÓMO MURIÓ EL DOMADOR DE HORMIGAS, UN MES DE MARZO de ALEJANDRO REBOLLO


“Hacer florecer como
un reino la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí,
aún puedo prostituir mi muerte y
hacer de mi cadáver el último poema”
Leopoldo Maria Panero.

Fue a punta de navaja
cuando los gatos al amanecer
hicieron de luna, sangre lenta.
Fue un último beso
sin poner los pies en el suelo
viste los dedos de otro acariciándola.
La sombra se seca en las esquinas,
unos ojos negros tras los cristales.
Los edificios se erigen en ruta
hacia el pozo de ambas ciudades.
Un violín estrellado contra el suelo
y un buitre arrancando sus entrañas,
su corazón de verso de plata.
Palizas, gestos, patadas,
vértigo hacia el fondo del túnel,
los coches pasan a mi lado,
las noches se vuelven día.
El tacto del frío cuando sale el sol,
puñetazos contra la pared,
contra el implícito lugar, ten cuidado,
corre el demonio a sus anchas
por estas calles de eterno néctar
de miel, azufre, lluvia y frío.
Un hombre malherido acude al hospital
chillando a todo el mundo:
¿Dónde estás, patán de soledad?
La cabeza sangrando, el cuerpo fuera,
son las cicatrices de un mal lugar.

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