LOS PESCADORES (II) de ALEJANDRO REBOLLO


Han atrapado las llamadas que yo tenía contigo,
y en el claroscuro de una llama se han humedecido los lagrimales.
Entre viento y marea queda la línea del punto vértigo,
un punto al oriente de nuestras bocas.
Enciendo un cigarrillo,
las calles son tumultos rojizos,
sombras que hacen pie en el adoquín de una farola.
Esta noche paso desapercibido.
No quiero ver, oír, hablar.
Un candelabro en el altar de tu vestido de seda.
Rezan por la loma del monte de los olivos,
se derrite el hielo entre los labios.
Rezan por no crucificar el cuerpo en un pasado continuo.
Ando, camino, veo la vuelta a una bahía,
el barco ha hundido sus pies de hierro
bajo el abismo de un canal de cobre.
Marionetas hacen los pasos
en una procesión perpetua hasta el final de sus vidas.
Esta noche se ha dibujado un ente
entre las velas abatidas de un velero atracado.
Se muere el capitán, dijeron en proa,
se muere y llaman para darle la extremaunción.
La noche será larga, dicen los marineros.
Camino, veo y olvido,
el fantasma del marino vaga errante por cubierta.
A lo lejos amanece, y las calles regresan
repletas de metal hasta las luces de los semáforos.
Los coches son como aluminio de prisas
arrugando los gestos de una oficina desierta.
A lo lejos amanece y el sol acaricia el asfalto húmedo de rocío.
Cubre de niebla el agua;
y el salitre es lo único que llena los bolsillos
de un pescador que solitario regresa a casa.
Camino, veo y me callo.

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